17 de abril de 2026

Sashko Radchuk no ha visto a su madre durante casi cuatro años.
Un mes después de la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia en 2022, un fragmento de proyectil golpeó el ojo izquierdo del entonces niño de 12 años. Su familia vivía en Mariúpol —a solo 35 millas de la frontera rusa— y no pudo huir a medida que las tropas de Moscú avanzaban.
Radchuk corrió al interior de su casa, gritando de dolor. Su madre buscó ayuda de los soldados ucranianos, quienes los llevaron a un hospital militar instalado dentro de una fábrica de metal. Los médicos extrajeron el fragmento de proyectil mientras las tropas rusas se acercaban, obligándolos a permanecer en la clínica médica improvisada.
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Dos semanas después, los soldados rusos tomaron la fábrica y llevaron a Radchuk y a su madre a un hangar en Bezymenne, un pueblo en la región de Donetsk, y luego a un campamento de «filtración», un brutal proceso de interrogatorio que Rusia utiliza para determinar quién podría representar una amenaza para los objetivos de guerra de Moscú. Algunos ucranianos son sometidos a torturas y deportaciones forzadas en estos centros.
Radchuk permaneció en una tienda de campaña mientras funcionarios rusos interrogaban a su madre en una ubicación separada durante 90 minutos. Inmediatamente después de que ella regresó, llegaron los llamados servicios infantiles del Kremlin.
«Me dijeron que me iban a separar de mi mamá, y no me dejaron despedirme de ella ni decir nada», contó Radchuk a Christianity Today a través de un traductor. «Me subieron al auto y me llevaron lejos».
Los funcionarios rusos trasladaron a Radchuk a dos hospitales diferentes para monitorear su recuperación y le dijeron que eventualmente sería enviado a una escuela o adoptado por una familia rusa.
El gobierno ucraniano estima que Rusia se ha llevado a casi 20,000 niños ucranianos desde que comenzó la guerra. El Kremlin sitúa la cifra mucho más alta: cerca de 700,000. Moscú insiste en que estos no son secuestros, sino evacuaciones humanitarias desde zonas de guerra.
Sin embargo, la creciente evidencia apunta a un esfuerzo coordinado para despojar a los niños de su identidad ucraniana y trasladarlos a diferentes ciudades, dificultando su localización. Informes recientes sugieren que algunos niños podrían estar tan lejos como en Corea del Norte.
«Al secuestrar a niños y obligarlos a abandonar su idioma, fe e identidad, el Kremlin intenta borrar a todo un pueblo», dijo Mykola Kuleba, evangélico y fundador de Save Ukraine, una organización con sede en Kiev que ha rescatado a 1,124 niños.
La mayoría de los niños son colocados en instalaciones de reeducación rusas, mientras que otros son adoptados ilegalmente o enviados a escuelas militares. Algunos niños ucranianos son incluso enviados al campo de batalla para luchar contra su propio país, según el Instituto para el Estudio de la Guerra. Kuleba cree que el objetivo final del Kremlin es «convertirlos en futuros soldados». Si el crimen de Rusia queda sin respuesta, corre el riesgo de normalizar la instrumentalización de los niños, añadió.
Los ucranianos abogan urgentemente por el regreso de todos los niños secuestrados, y los cristianos están profundamente comprometidos en cada etapa, dijo Kuleba. «Las redes basadas en la fe ayudan a identificar a los niños desaparecidos, apoyan las misiones de rescate y proporcionan contactos de confianza que hacen posible este trabajo».
